viernes, 25 de febrero de 2011

Las Virtudes Fundamentales: Introducción



por Josef Pieper



Introducción
La Imagen Cristiana del Hombre


La imagen del hombre en general

La segunda parte de la Summa theologica del Doctor Común de la Iglesia, que se refiere a la Teología moral, comienza con esta frase: «Puesto que el hombre fue creado a semejanza de Dios, después de tratar de El, modelo originario, nos queda por hablar de su imagen, el hombre». Sucede con esta frase lo que con tantas otras de Santo Tomás: la evidencia con que la expresa, sin darle gran relieve, oculta fácilmente el hecho de que su contenido no es de ningún modo evidente. Esta primera proposición de la Teología moral refleja un hecho del que los cristianos de hoy casi han perdido la conciencia: que la moral es, sobre todo y ante todo, doctrina sobre el hombre; que tiene que hacer resaltar la idea del hombre y que, por tanto, la moral cristiana tiene que tratar de la imagen verdadera del mismo hombre. Esta realidad era algo muy natural para la cristiandad de la Alta Edad Media. De esta concepción básica, cuya evidencia ya se había puesto en duda, como indica su formulación polémica, nació, dos siglos después de Santo Tomás de Aquino, la frase de Eckhart: “Las personas no deben pensar tanto lo que han de hacer como lo que deben ser”. Sin embargo, la moral, y sobre todo su enseñanza, perdieron después, en gran parte, estas perspectivas por causas difíciles de comprender y aquilatar, hasta tal punto que incluso aquellos textos de Teología moral que pretendían estar expresamente escritos según el espíritu de Santo Tomás diferían de él en este punto capital. Esto explica algunas causas del porqué al cristiano medio de hoy apenas se le ocurre pensar que en moral pueda conocerse algo sobre el verdadero ser del hombre, sobre la idea del hombre. Al contrario, asociamos el concepto de moral la idea de una doctrina del hacer y, sobre todo, del no-hacer, del poder y no-poder, de lo mandado y lo prohibido. La primera doctrina teológico-moral del Doctor Común es ésta: «La moral trata de la idea verdadera del hombre». Naturalmente que también ha de tratar del hacer, de obligaciones, mandamientos y pecados; pero su objeto primordial, en que se basa todo lo demás, es el verdadero ser del hombre, la idea del hombre bueno.


La Imagen Cristiana del Hombre y la Moral en Santo Tomás de Aquino

La respuesta a la cuestión de la imagen auténtica del hombre cristiano puede concretarse en una frase; más aún: en una palabra: Cristo. El cristiano debe ser «otro Cristo»; debe ser perfecto como lo es el Padre; pero este concepto de perfección cristiana es infinitamente amplio, y por eso mismo es difícil de aclarar: requiere, por tanto, la concreción y exige una interpretación. Sin tal interpretación, que se apoye en la esencia empírica del hombre y en la realidad, estaría expuesto continuamente al abuso y al error por una sobresaturación contraria a su esencia. No es posible pasar, sin más ni más, de la situación concretísima del hacer al último y más alto ideal de la perfección. Precisamente a estas palabras de la Escritura: «Sed perfectos como vuestro Padre que está en los Cielos», a esta formulación de la imagen ideal del cristiano ha preferido el cuarto Concilio de Letrán su célebre tesis de la analogia entis: «Inter Creatorem et creaturam non potest tanta similitudo notari, quin inter eos maior sit dissimilitudo notanda». (No se puede señalar entre Creador y criatura una semejanza tan grande, que impida observar entre ellos una desemejanza mucho mayor). Esta frase se opone a la idea de un «endiosamiento» demasiado inmediato del hombre. El hombre, así como el perfecto cristiano, permanece criatura, esto es, ser finito aun en la vida eterna. Existe, ciertamente, más de una posibilidad legítima de interpretar esta idea verdadera del cristiano no sólo histórica, sino también teóricamente. Así existirá una forma occidental y otra oriental de interpretar esta idea cristiana del hombre. Santo Tomás de Aquino, el gran maestro de la cristiandad occidental, expreso la idea cristiana del hombre en siete tesis que cabe formular de la siguiente forma:

Primero. El cristiano es un hombre que, por la fe, llega al conocimiento de la realidad del Dios uno y trino.

Segundo. El cristiano anhela —en la esperanza— la plenitud definitiva de su ser en la vida eterna.

Tercero. El cristiano se orienta —en la virtud teologal de la caridad—hacia Dios y su prójimo con una aceptación que sobrepasa toda fuerza de amor natural.

Cuarto. El cristiano es prudente, es decir, no deja enturbiar su visión de la realidad por el sí o el no de la voluntad, sino que hace depender el sí o el no de ésta de la verdad de las cosas.

Quinto. El cristiano es justo, es decir, puede vivir en la verdad con el prójimo; se sabe miembro entre miembros en la Iglesia, en el Pueblo y en toda Comunidad.

Sexto. El cristiano es fuerte, es decir, está dispuesto a sacrificarse y, si es preciso, aceptar la muerte por la implantación de la justicia.

Séptimo. El cristiano es comedido, es decir, no permite que su ambición y afán de placer llegue a obrar desordenadamente y antinaturalmente.

En estas siete tesis se refleja que la moral de la teología clásica, como exposición de la idea del hombre, es esencialmente una doctrina de las virtudes; interpreta las palabras de la Escritura acerca de la perfección mediante la imagen séptuple de las tres virtudes teologales y las cuatro cardinales. El devolver a su forma original a la conciencia universal de nuestra época la imagen grandiosa del hombre, que está ya descolorida, y, lo que es peor, desfigurada, no es tarea que carezca de importancia, a mi parecer. La razón no es precisamente un interés «histórico», sino más bien porque esta interpretación de la idea del hombre no sólo se conserva válida, sino que para nosotros es vital afirmarla y contemplarla de nuevo con claridad.

Quisiera intentar ahora la definición, con algunas observaciones, de los contornos de esta imagen dentro del cuadro de las cuatro virtudes cardinales, y especialmente donde me parezca que haya quedado descolorida o desfigurada.


El Concepto de Virtud y la Jerarquía entre las Virtudes

Para comenzar, hay que decir algo sobre el concepto de virtud. Hace unos años precisamente Paul Valéry pronunció en la Academia Francesa un discurso sobre la virtud. En este discurso se nos dice: «Virtud, señores, la palabra 'virtud', ha muerto o, por lo menos, está a punto de extinguirse... A los espíritus de hoy no se muestra como la expresión de una realidad imaginable de nuestro presente... Yo mismo he de confesarlo: no la he escuchado jamás, y, es más, sólo la he oído mencionar en las conversaciones de la sociedad como algo curioso o con ironía. Podría significar esto que frecuento una sociedad mala si no añadiese que tampoco recuerdo haberla encontrado en los libros más leídos y apreciados de nuestros días; finalmente, me temo no exista periódico alguno que la imprima o se atreva a imprimirla con otro sentido que no sea el del ridículo. Se ha llegado a tal extremo, que las palabras 'virtud' y 'virtuoso' sólo pueden encontrarse en el catecismo, en la farsa, en la Academia y en la opereta». El diagnóstico de Valéry es indiscutiblemente verdadero, pero no debe extrañarnos demasiado. En parte se trata, seguramente, de un fenómeno natural del destino de las «grandes palabras». En efecto, ¿por qué no han de existir, en un mundo descristianizado, unas leyes lingüísticas demoníacas, merced a las cuales lo bueno le parezca al hombre, en el lenguaje, como algo ridículo?.

Aparte de esta última posibilidad, digna de tomarse en serio, no hay que olvidar que la literatura y la enseñanza de la moral no han hecho que el hombre corriente capte con facilidad el verdadero sentido y realidad del concepto «virtud».

La virtud no es la «honradez» y «corrección» de un hacer u omitir aislado. Virtud más bien significa que el hombre es verdadero, tanto en el sentido natural como en el sobrenatural. Incluso, dentro de la misma conciencia universal cristiana, hay dos posibilidades peligrosas de confundir el concepto de virtud: primero, la moralista, que aísla la acción, la «realización», la «práctica» y las independiza frente a la existencia vital del hombre. Segundo, la supernaturalista, que desvaloriza el ámbito de la vida bien llevada, de lo vital y de la honradez y decencia natural. Virtud, en términos completamente generales, es la elevación del ser en la persona humana. La virtud es, como dice Santo Tomás, ultimum potentiae, lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural.

El hombre virtuoso es tal que realiza el bien obedeciendo a sus inclinaciones más íntimas.

Casi tan importante como su concepto exacto es el examen del verdadero orden de categorías entre las virtudes. Se ha hablado mucho del carácter «heroico» del cristianismo o del concepto «heroico» de la existencia, como rango esencial de la vida cristiana. Estas formulaciones sólo son correctas a medias. La virtud primera y característica del cristiano es el amor sobrenatural hacia Dios y su prójimo, y todas las virtudes teologales están por encima de las cardinales.Del sentido de la fortaleza no ha escapado a aquella interpretación «heroística» verdadera a medias y, por tanto, falsa a medias, aun cuando el objetivo principal era demostrar que la fortaleza no está en primer lugar, sino en el tercero entre las virtudes cardinales. Incluso mi obrita


Prudencia

La primera entre las virtudes cardinales es la prudencia. Es más: no sólo es la primera entre las demás, iguales en categoría, sino que, en general, «domina» a toda virtud moral.

Esta afirmación de la supremacía de la prudencia, cuyo alcance apenas somos capaces de comprender, encierra algo más que un orden más o menos casual entre las virtudes cardinales. Expresa, en términos generales, la concepción básica de la realidad, referida a la esfera de la moral: el bien presupone la verdad, y la verdad el ser. ¿Qué significa, pues, la supremacía de la prudencia?. Quiere decir solamente que la realización del bien exige un conocimiento de la verdad. «Lo primero que se exige de quien obra es que conozca », dice Santo Tomás. Quien ignora cómo son y están verdaderamente las cosas no puede obrar bien, pues el bien es lo que está conforme con la realidad. Me apresuro a añadir que el «saber» no debe entenderse con el criterio cientifista de las ciencias experimentales modernas, sino que se refiere al contacto efectivo con la realidad objetiva. La revelación, por ejemplo, da a este contacto un fundamento más elevado que el científico. También pertenecen a la prudencia la «docilidad», es decir, la unión sumisa con el verdadero conocimiento de la realidad de un espíritu superior. El conocimiento objetivo de la realidad es, pues, decisivo para obrar con prudencia. El prudente contempla, por una parte, la realidad objetiva de las cosas y, por otra, el «querer» y el «hacer»; pero, en primer lugar, la realidad, y en virtud y a causa de este conocimiento de la realidad determina lo que debe y no debe hacer. De esta suerte, toda virtud depende, en realidad, de la prudencia y todo pecado es, en cierta manera, una contradicción de la prudencia: «omne peccatum opponitur prudentiae».

Nuestro lenguaje usual, que es también el del pensamiento, se ha apartado bastante de este estado de cosas. Lo prudente nos parece, antes que la presuposición, la circunvalación del bien. Nos cuesta pensar que ser justo y veraz suponga siempre y esencialmente la «prudencia». Prudencia y fortaleza parecen ser poco menos que irreconciliables, ya que la fortaleza es, la mayoría de las veces, «imprudente». Conviene, sin embargo, recordar que el sentido propio y verdadero de esta dependencia es el de que la acción justa y fuerte y toda acción buena, en general, sólo es tal en cuanto responde a la verdad, creada por Dios, de las cosas reales y esta verdad se manifiesta de forma fecunda y decisiva en la virtud de la prudencia.

Esta doctrina de la supremacía de la prudencia encierra una importancia práctica enorme. Comprende, por ejemplo, el axioma pedagógico: «La educación y autoeducación, en orden a la emancipación moral, han de tener su fundamento en la respectiva educación y autoeducación de la virtud de la prudencia, es decir, en la capacidad de ver objetivamente las realidades que conciernen a nuestras acciones y hacerlas normativas para el obrar, según su índole e importancia». Además, la doctrina clásica de la virtud de la prudencia encierra la única posibilidad de vencer interiormente el fenómeno contrario: el moralismo. La esencia del moralismo, tenido por muchos por una doctrina especialmente cristiana, consiste en que disgrega el ser y el deber; predica un «deber», sin observar y marcar la correlación de este deber con el ser. Sin embargo, el núcleo y la finalidad propia de la doctrina de la prudencia estriba precisamente en demostrar la necesidad de esta conexión entre el deber y el ser, pues en el acto de prudencia, el deber viene determinado por el ser. El moralismo dice: el bien es el deber, porque es el deber. La doctrina de la prudencia, por el contrario, dice: el bien es aquello que está conforme con la realidad. Es importante observar claramente la conexión íntima que aquí resalta entre el moralismo «cristiano» y el voluntarismo moderno. Las dos doctrinas tienen un parentesco bastante más acusado de lo que a primera vista parece y aún puede indicarse aquí un tercer parentesco «práctico» y «actual». El fondo de equidad y objetividad de la doctrina clásica de la prudencia encontró su expresión en la frase magníficamente sencilla de la Edad Media: «Sabio es el hombre a quien las cosas le parecen tal como realmente son». Un resultado de la psicología, o mejor dicho, psiquiatría moderna, que a mi parecer nunca ponderaremos demasiado, hace resaltar cómo un hombre al que las cosas no le parecen tal como son, sino que nunca se percata más que de sí mismo porque únicamente mira hacia sí, no sólo ha perdido la posibilidad de ser justo (y poseer todas las virtudes morales en general), sino también la salud del alma. Es más: toda una categoría de enfermedades del alma consisten esencialmente en esta «falta de objetividad» egocéntrica. A través de estas experiencias se arroja una luz que confirma y hace resaltar el realismo ético de la doctrina de la superioridad de la prudencia. La prudencia es uno de los «lugares» del espíritu en que se hace visible la misteriosa conexión entre salud y santidad, enfermedad y pecado. Una doctrina del alma (psicología) que no haga, a sabiendas, caso omiso de estas realidades podrá adquirir, seguramente, desde esta posición, una visión de relaciones muy hondas.

El concepto central caracteriológico de la autosugestión (que no es otra cosa que una falta de objetividad voluntaria en la visión de la realidad), así como el concepto sociológico de «ideología», enteramente paralelo, podrían ser «descubiertos» por la doctrina de la prudencia de una forma enteramente sorprendente. Mas aquí sólo nos es posible indicar lo ya dicho.


Justicia

Prudencia y justicia están más íntimamente ligadas de lo que pueda parecer a primera vista. Justicia, decíamos, es la capacidad de vivir en la verdad «con el prójimo». No es, sin embargo, difícil ver en qué medida depende este arte de la vida en la comunidad (es decir, el arte de la vida en general) del conocimiento y reconocimiento objetivo de la realidad, o sea de la prudencia. Sólo el hombre objetivo puede ser justo, y falta de objetividad, en el lenguaje usual, equivale casi a injusticia.

La justicia es la base de la posibilidad real de ser bueno; en esto se apoya la elevada categoría de la prudencia. La categoría de la justicia se basa en ser la forma más elevada y propia de esta misma bondad. Conviene subrayar esto, pues la burguesía «cristiana» ha considerado desde algunas generaciones cosas muy diferentes, por ejemplo, la denominada «moralidad» como característica propia y primordial del hombre bueno. El hombre bueno es en principio justo. No es casualidad que las Sagradas Escrituras y la Liturgia llamen «justo», en general, al hombre en estado de gracia. Al rozar el tema «justicia» el lenguaje enteramente desapasionado de Santo Tomás adquiere un estilo más vibrante; cita, en este lugar de la Summa, la frase de Aristóteles: «La más elevada entre las virtudes es la de la justicia; ni el lucero de la mañana ni el vespertino pueden serle comparados en belleza».

La realización de la justicia es cometido del hombre como tal, como «ser sociable». Casi se puede asegurar que el portador de la justicia no es tanto el individuo (aunque, naturalmente, sólo la persona puede ser «virtuosa» en sentido estricto), como el «nosotros», la entidad social o el pueblo; justicia es, pues, la plenitud óntica del «nosotros». Las diversas formas del «nosotros» se estructuran en torno a tres rasgos fundamentales; cuando estas tres estructuras son «verdaderas» puede decirse que en este «nosotros» reina justicia. Estos tres elementos estructurales son, según la Escolástica, los siguientes: primero, las relaciones de los miembros entre sí, cuya equidad se apoya en la justicia conmutativa; segundo, la relación del todo a los miembros, cuya equidad se apoya en la justicia distributiva; y tercero, las relaciones de los miembros aislados al todo, cuya equidad va regida por la justicia legal. Todas estas cosas parecen evidentes, aunque no lo sean en modo alguno.

La doctrina «social» individualista, por ejemplo, reconoce de estas tres estructuras básicas sólo una, a saber: las relaciones de los individuos entre sí, pues el individualismo no reconoce la existencia propia del todo, y por eso para él no existen propiamente relaciones del individuo al todo ni del todo al individuo. Así, para un individualismo que quiera ser consecuente, la única forma de justicia es la conmutativa, que se basa en el contrato como medio de lograr la compensación de intereses. Por otra parte, el colectivismo ha creado una doctrina social «universalista» que niega rotundamente que existan siquiera relaciones de individuo a individuo; en estricta consecuencia declara a la justicia conmutativa como un «absurdo individualista». La acusada tendencia que tienen estas «opiniones de escuela» a la realización práctica lo demuestra, por ejemplo, la experiencia histórica de los regímenes totalitarios. Caracteriza a éstos la tiranía del Estado, que apenas permite relaciones privadas entre los individuos como tales; éstos apenas si se enfrentan «oficialmente» como funcionarios individuales de los intereses del Estado. Se ha hecho el intento, por parte de algunos cristianos, de proclamar la subordinación del individuo al bien común como directriz básica en la vida pública y admitir, en consecuencia, la justicia legal como justicia propiamente dicha. Al mismo tiempo se aseguró que ésta es la opinión verdadera de la teología clásica. Es muy difícil juzgar acertadamente este intento, ya que sería preciso hacer en orden al mismo distinciones tan importantes como complicadas. Santo Tomás de Aquino dice, ciertamente, que toda la vida moral del hombre está subordinada al bien común. Así pues, la justicia legal tiene realmente una categoría y posición muy especial. Pero no debe perderse de vista que la tesis expuesta por Santo Tomás tiene dos facetas: la una expresa que existe una verdadera obligación del individuo con respecto al bien común, y esta obligación se refiere al hombre entero; y la otra faceta hace resaltar, en cambio, que toda virtud del individuo es necesaria para el bienestar de todos, significando esto que el bienestar común necesita virtud de los individuos aislados. Esto último no es realizable si los miembros aislados de la comunidad no son buenos, y «buenos» no sólo en el sentido más restringido de justos, sino también en el sentido de una virtud personalísima, oculta y, por decirlo así, completamente íntima. No conviene, pues, pasar por alto esta cuestión.


Fortaleza

Existe otro error acerca del concepto de justicia, en el fondo completamente liberal, pero no solamente restringido al llamado «siglo del liberalismo». Dice así: es posible poseer la justicia sin la fortaleza. No es tanto un error que afecte a la esencia de la justicia como a la concepción de «este» mundo en el cual la justicia ha de realizarse, pues «este» mundo está constituido de tal forma que la justicia, como el bien general, no se «impone» por sí sola sin que la persona esté dispuesta incluso a la muerte. El mal tiene poder en «este» mundo, este hecho se pone de relieve en la necesidad de la fortaleza, que en realidad, no es otra cosa que la disposición para realizar el bien aun a costa de cualquier sacrificio. Así, la misma fortaleza es, como dice San Agustín, un testigo irrefutable de la existencia del mal en el mundo.

Es, por otra parte, una mala réplica al error liberal, e igualmente falso, opinar que se puede ser fuerte sin ser justo. La fortaleza como virtud existe sólo donde se quiere la justicia. Quien no es justo no puede ser bueno en el verdadero sentido. Santo Tomás dice: «La gloria de la fortaleza depende de la justicia». Es decir, sólo puedo alabar la fortaleza de alguien si al mismo tiempo puedo alabarle por su justicia. La fortaleza verdadera está, pues, esencialmente ligada al deseo de justicia.

No es menos importante saber que la idea de fortaleza no es idéntica a la de una agresiva temeridad a toda costa, e incluso existe una temeridad contraria a la virtud de la fortaleza. Para mayor claridad, conviene considerar qué lugar ocupa el temor en la vida del hombre. La «charlatanería» superficial de la vida cotidiana, en principio tranquilizadora, tiende a negar la existencia de lo terrible, o bien a situarlo en la esfera de lo aparente o inexistente. Esta «tranquilización», eficaz o no, existe en todas las épocas y se encuentra hoy con oposición notable, ya que ningún concepto de la literatura profunda —filosófica, psicológica y poética— de nuestra época juega un papel tan importante como el del miedo. Otra forma de manifestar aquella inocuidad de la vulgar existencia es un estoicismo nuevo, «proclamado» por un círculo de hombres para los cuales el recuerdo de los sucesos de las guerras mundiales es una destrucción que encierra la promesa y amenaza de unas catástrofes apocalípticas aún más violentas. La existencia es, en todo caso, horrible, mas no existe nada que lo sea tanto que el fuerte no pueda soportar y sobrellevar con grandeza.Leyendo los libros más personales de Ernst Jünger, una de las cabezas más notables de aquella stoà nueva, se comprende que todos los sueños de estos «corazones aventureros» sean pesadillas. Hay que observar que sería poco menos que ridículo el recoger estos hechos con cierta «satisfacción» y hasta ironía. Seguramente son estas pesadillas una respuesta a la verdadera situación metafísica del Occidente, humanamente más elevada y objetivamente más adecuada que un cristianismo que se consuela con razones culturales superficiales sin haber penetrado aún en su propia profundidad. En dicha profundidad late la última respuesta cristiana a esta cuestión: el concepto del temor de Dios. Este concepto se está desvaneciendo en la conciencia universal cristiana y está a punto de convertirse en algo vacío e insustancial para ella. El temor de Dios no es simplemente lo mismo que el «respeto» al Dios absoluto, sino verdadero temor en el sentido estricto de la palabra. Común a temor, miedo, susto, horror y terror es que todas son respuestas diversas a las diferentes formas de mutilación del ser, cuyo último término sería propiamente la aniquilación. La Teología cristiana no piensa en negar la existencia de lo terrible en la vida humana; por otra parte, nada más lejos para la doctrina cristiana de la vida que afirmar que el hombre no deba temer lo terrible. Pero al cristiano le interesa el ordo timoris, el orden del temor; en definitiva, lo realmente temible, en último término; la preocupación consiste en temer acaso lo que no existe ni es definitivamente terrible y, por el contrario, tener por inofensivas cosas realmente temibles. Lo realmente terrible no es más que la posibilidad que tiene el hombre de separarse voluntariamente, por su propia culpa, de su última razón de ser. La posibilidad de ser culpable es el mayor peligro para la existencia del hombre. El temor de Dios es la respuesta adecuada a este horror de la separación culpable y siempre posible de su última razón de ser. Esta culpabilidad constituye lo que definitivamente hemos de temer. Este miedo que acompaña a cada existencia humana, incluso a la de los santos, como una posibilidad real, no es superable por cualquier forma de «heroísmo»; más bien es este temor la premisa para todo heroísmo auténtico. El temor de Dios —como tal temor— ha de ser soportado y resistido hasta la«seguridad» definitiva en la vida eterna. Si la fortaleza nos libra de amar a nuestra vida de una manera tal que la perdamos, expresa esto que el temor de Dios como temor a perder la vida eterna es el fundamento de toda fortaleza cristiana. Hay que pensar, sin embargo, que el temor de Dios es sólo el anverso negativo del amor esperanzado hacia Dios. San Agustín dice: todo temor es amor que huye.

En el temor de Dios se «perfecciona» el miedo natural del hombre ante una mutilación o aniquilación de su ser. Todo lo moralmente bueno no es más que una especie de «prolongación» de las inclinaciones naturales del ser. El hombre, sin embargo, teme por naturaleza a la nada antes de cualquier decisión de su inteligencia, o sea, según su naturaleza creada por Dios. Y así como la tendencia natural de la convivencia se perfecciona en la virtud de la justicia y de la propia autoridad en la virtud de la longanimidad, y la de la tendencia al goce en la templanza, igualmente se perfecciona el miedo natural a la destrucción en el temor de Dios. De la misma manera que el empuje natural a la convivencia, propia autoridad y la concupiscencia natural pueden actuar desordenadamente si no se perfeccionan en la justicia, la longanimidad y la templanza, también puede hacerlo el miedo natural a la aniquilación, si no se perfecciona en el temor de Dios. El hecho de que éste, en su forma propia de temor de Dios, «filial», sea un don del Espíritu Santo y no, como las virtudes cardinales, la realización de las posibilidades del hombre en la esfera de la moral, significa que sólo la perfección sobrenatural realmente vivida es capaz de librar al hombre del «temor imperfecto». La tiranía de este «temor imperfecto» repercute, además de en el aspecto moral, en la vida psíquica natural, sobre lo cual puede informarnos la psiquiatría. He aquí otro punto en el que resalta claramente el parentesco entre salud y santidad, aunque la claridad se refiere sólo a la existencia de esta relación. Sin embargo, apenas es posible dilucidar la forma íntima en que están enlazadas la salud y la santidad, y sobre todo la culpa y la enfermedad, y las condiciones en que este parentesco se manifiesta. De todas formas, la «salud» de la justicia, longanimidad, templanza, temor de Dios y de toda virtud en general consiste en estar de acuerdo con la verdad objetiva, natural y sobre natural. Esta correspondencia a la realidad es, al mismo tiempo, el principio de la salud y del bien.


Templanza

Se ha dicho que la disposición natural al gozo puede llegar a actuar desordenadamente. La tesis liberal de que «el hombre es bueno» oculta esta verdad. El liberalismo progresista no podía reconocer, de acuerdo con sus premisas básicas, que existiese en el hombre una rebelión de las potencias menos elevadas del alma contra el dominio del espíritu y, por tanto, niega que el hombre hubiese perdido por el pecado original el orden interior genuino de su naturaleza.En consecuencia, con este modo de pensar la virtud de la templanza ha de aparecer como algo sin sentido, absurdo e insustancial, pues presupone y reconoce la posibilidad de esta rebelión de los sentidos contra el espíritu. La conciencia universal de la cristiandad ( y no decimos la doctrina de la Iglesia, ni tampoco la Teología) respondió a esta negación del sentido de la templanza haciendo resaltar marcadamente esta virtud. La virtud de la templanza, en sus típicas formas de castidad y continencia, llegó a ser para la conciencia universal cristiana el rasgo saliente y predominante en la idea del hombre cristiano. De todas formas, esta respuesta fue hija de su adversario, el liberalismo. La templanza es la virtud más «personal» entre las cuatro virtudes cardinales, lo que demuestra la dependencia de su enemigo liberal-individualista. En realidad, se podría haber alzado de igual forma la bandera de la fortaleza contra el liberalismo progresista; o bien, haber recalcado y predicado con especial insistencia ambas virtudes, fortaleza y templanza, aparte completamente de la justicia distributiva y legal. El liberalismo ha socavado los fundamentos de ambas virtudes, que presuponen la existencia del mal, a causa de su fe absoluta en «este» mundo; pero precisamente subrayamos que la conciencia universal de la cristiandad antepuso la templanza como virtud característica del cristiano, virtud que se refiere de primera intención, como ya se ha dicho, al individuo como tal. Así se tomó la virtud más «personal» por la más cristiana. De esta forma la supervaloración de la templanza tiene una relación manifiesta con el liberalismo por la «individualización» de la moral. Este carácter privado de la templanza fue causa de que la Teología clásica no considerara esta virtud como la primera, sino la última de las cuatro virtudes cardinales.

La supervaloración de la templanza tuvo repercusiones y reflejos considerables. Por de pronto, el concepto de la llamada «moralidad» tiene aquí sus raíces. Este concepto, con todas sus ambigüedades, tal como se usa hoy día en el lenguaje corriente, es el resultado de la restricción de la moral a la virtud de la templanza; por otra parte, está unido a una concepción moralista del bien en general que separa, como se ha dicho, la acción (u omisión) en el hombre viviente y escinde el «deber» y el «ser».immaculata no se refiere únicamente a la castidad de la Madre de Dios, sino que tiene una amplitud mucho mayor; significa primeramente y ante todo la plenitud de gracia en su ser que María recibió en un principio. Para concluir: esta supervaloración de la castidad es en buena parte culpable de que términos de nuestro lenguaje tales como «sensualidad», «pasión», «concupiscencia», «instinto», etc., haya adquirido un significado totalmente negativo, no obstante ser en principio conceptos moralmente indiferentes. Pero si en el lenguaje se entiende bajo «sensualidad» sólo la sensualidad contraria al espíritu, por «pasión» sólo la pasión mala y por «concupiscencia» la concupiscencia rebelde, no nos quedarán términos que designen la sensualidad no contraria al espíritu o no-rebelde, que Santo Tomás incluye entre las virtudes. Esta escasez de términos en el lenguaje nos lleva fácilmente a una confusión peligrosa de conceptos y hasta de la misma vida, y precisamente de una tal confusión se originó este uso defectuoso del lenguaje. Además, se redujo, de una manera completamente unilateral, la fuerza moral y el ejemplo de los ángeles y la Virgen al plano de esta virtud y sobre todo a la castidad. La consecuencia fue que todas estas figuras no quedaron en la conciencia cristiana con toda su cumplida plenitud real. Con respecto al concepto «de pureza angelical» hay que observar que un ángel no puede ser «puro» en el sentido de la castidad y que la «virtud» del ángel consiste primordialmente en la virtud teologal del amor. Al mismo tiempo el concepto de

Es quizá conveniente recordar aquí un ejemplo de la Summa theologica que muestra la opinión del Doctor Común en esta materia. Es un ejemplo y no una tesis; pero un ejemplo que ilustra una tesis. La Summa incluye un tratado sobre las pasiones del alma. Santo Tomás estudia en él todos los movimientos de la capacidad sensual, como el amor, odio, deseo, placer, tristeza, temor, ira, etc. Una de las veinticinco cuestiones aproximadamente de este tratado habla de los «remedios contra el dolor y la tristeza». Santo Tomás expone en cinco capítulos otros tantos remedios; pero antes de conocerlos hagámonos esta pregunta: ¿Qué contestación nos daría o podría dar la conciencia moral universal de los cristianos acerca de «los remedios contra la tristeza del alma»?. Que cada uno se conteste a sí mismo. El primero, completamente general, del que Santo Tomás se ocupa es: «cualquier goce». La tristeza es un cansancio del alma; el goce, en cambio, un descanso. El segundo remedio son «¡las lágrimas!». El tercero es el «compartir la alegría». El cuarto es la «contemplación de la verdad». Esta última calma el dolor tanto más cuanto más perfectamente ama el hombre la sabiduría. Ante el quinto remedio que nombra Santo Tomás hemos de considerar que estamos ante un tratado de Teología, y no precisamente uno cualquiera. Este remedio contra la tristeza es «dormir y bañarse»; pues el sueño y el baño devuelven al cuerpo la debida disposición del bienestar, que, a su vez, repercute en el alma. Santo Tomás, naturalmente, esta bien informado de las posibilidad y necesidades de superar el dolor humano con medios sobrenaturales, incluso es de la opinión que existen grados del dolor humano que sólo pueden vencerse sobrenaturalmente; pero no piensa en descartar los medios sensibles y naturales, como, por ejemplo, dormir y bañarse. No se avergüenza lo más mínimo de hablar de ello en medio de un tratado de Teología.


Fe, Esperanza y Caridad

Con esto concluye la serie de observaciones sobre las virtudes cardinales. Las cuatro —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— pertenecen en principio a la esfera del hombre natural; pero como virtudes cristianas se desarrollan en el campo abonado por la fe, la esperanza y la caridad. Fe, esperanza y caridad son la respuesta del hombre a la realidad del Dios Uno y Trino, revelada al cristiano sobrenaturalmente por Jesucristo. Es más: las tres virtudes teologales no sólo son la respuesta a esta realidad, sino que, al mismo tiempo, constituyen la capacidad y fuente de energía para esta respuesta y no sólo esto, sino que, además, son la única «boca», por decirlo así, capaz de dar esta respuesta. Este estado de cosas no se refleja con suficiente claridad en todas las manifestaciones cristianas sobre las virtudes teologales. Al hombre natural no le es posible «creer» en el sentido de la virtud teologal de la fe por la simple razón de que la realidad sobrenatural le haya sido hecha «asequible» por medio de la revelación. No; esta posibilidad de«creer» sólo nace por la comunicación de la gracia santificante. En la fe adquiere el cristiano conciencia de la realidad del Dios Uno y Trino, y en una medida tal que sobrepasa a todo convencimiento natural. La esperanza es la respuesta de afirmación del cristiano, sugerida por Dios, a la realidad revelada de que Cristo es el «camino a la vida eterna» en el más real de los sentidos. El amor, finalmente, es la respuesta de todas las potencias del hombre en gracia a la bondad infinita y esencial de Dios. Las tres virtudes teologales están ligadas de la manera más íntima; «refluyen en un círculo santo», según una expresión de Santo Tomás en su Tratado de la Esperanza. «Quien fue llevado de la esperanza al amor adquiere una esperanza más perfecta, ya que también cree con más vigor que antes».


Diferencia entre la Moral Natural y la Sobrenatural

La moral sobrenatural del cristiano se distingue de la moral del gentleman, del caballero, por la conexión íntima de las virtudes cardinales con las teologales. La conocida frase «La gracia no destruye, sino que perfecciona la naturaleza», expresa esta misma relación y la forma en que dependen virtud natural y sobrenatural. Estas palabras parecen muy claras y de hecho lo son; pero su claridad no quita la imposibilidad de hacer comprensible un misterio por medio de una simple expresión, y nada más misterioso que la forma en que Dios actúa en el hombre y el hombre en Dios.

Sin embargo, la diferencia entre el cristiano y el gentleman se muestra de múltiples maneras suficientemente comprensibles.

Puede parecer, a veces, que el cristiano obra contrariamente a la prudencia natural porque tiene que hacer justicia a realidades que pertenecen al mundo de la fe. Sobre esta «prudencia sobrenatural» ha escrito también Santo Tomás algo que, a mi parecer, es de una importancia extraordinaria para el cristiano de hoy. La virtud natural de la prudencia (así dice aproximadamente) está, evidentemente, ligada a una cantidad no escasa de conocimientos adquiridos de la realidad. Si las virtudes teologales elevan a las cardinales a un plano sobrenatural, ¿qué sucede entonces con la prudencia?, ¿suple la gracia el conocimiento natural de los seres reales?, ¿hace la fe superflua la valoración objetiva de la situación del obrar concreto, o la suple?, ¿de qué le sirve la gracia y la fe al «hombre sencillo» que no posee en ciertas ocasiones este conocimiento para una situación complicada?. A estas preguntas sólo Santo Tomás da, según creo, una respuesta magnífica y, además, muy consoladora: «Las personas que necesitan dirección y consejo ajenos saben aconsejarse a sí mismas cuando están en estado de gracia, por lo menos en cuanto que piden consejo a otras personas y, lo que es más importante, son capaces de distinguir el consejo bueno del malo». ¡Cuando están en gracia!. No necesita aclaración alguna hasta qué punto es esto consolador para la situación del «cristiano corriente».

De una manera especialmente conmovedora se muestra la diferencia entre el cristiano y el gentleman por la distancia que separa la fortaleza cristiana de la fortaleza «natural». Con esto queremos concluir estas consideraciones sobre la idea cristiana del hombre. La diferencia entre la fortaleza cristiana y la fortaleza meramente natural radica, en último extremo, en la virtud teologal de la esperanza. Toda esperanza nos dice: acabará bien, tendrá un buen fin. La esperanza sobrenatural nos asegura: el hombre que está en realidad en gracia de Dios terminará de una forma infinitamente mejor de lo que pudiera esperar; el fin de este hombre será nada menos que la Vida Eterna. Pero puede suceder que todas las esperanzas de un «feliz fin» oscurezcan en una época de tentaciones, de desesperación, y darse el caso de que al hombre restringido a la esfera de lo natural no le quede otro remedio que la valentía del «ocaso heroico», y para un verdadero gentleman será precisamente éste el único recurso, pues sabrá renunciar a la autosugestión tranquilizadora, a la narcosis y, como dice Ernst Jünger, al «recurso de la suerte». En una palabra, la esperanza sobrenatural puede quedar como único recurso de la esperanza en general. Esto no está dicho en un sentido «eudemonístico», ya que no se trata aquí de la preocupación por una última posibilidad de felicidad subjetiva. La frase de las Sagradas Escrituras: «Aun cuando me diere la muerte, esperaré en El» no puede estar más lejos del temor eudemonístico de la suerte. No; la esperanza cristiana es principalmente y ante todo la dirección de la existencia del hombre a la perfección de su naturaleza, a la saciedad de su esencia, a su última realización, a la plenitud del ser, a la que corresponde, por tanto, también la plenitud de la suerte, o, mejor dicho, de la felicidad. Si, como se ha dicho, todas las esperanzas naturales pierden a veces su sentido, se deduce que el único recurso del hombre, adecuado a su ser, es la esperanza sobrenatural. La fortaleza desesperada del «ocaso heroico» es en el fondo nihilista, mira a la nada; sus partidarios creen poder soportar la nada. La fortaleza del cristiano, en cambio, se nutre de la esperanza en la realidad suprema de la vida, en la vida eterna; en un nuevo cielo y en una nueva tierra.



Fuente: Josef Pieper, Las Virtudes Fundamentales, Ediciones Rialp, Colombia 1988, págs. 11-29

jueves, 24 de febrero de 2011

CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO (Lewis) IV

IV

Mi querido Orugario:

Las inexpertas sugerencias que haces en tu última carta me indican que ya es hora de que te escriba detalladamente acerca del penoso tema de la oración. Te podías haber ahorrado el comentario de que mi consejo referente a las oraciones de tu paciente por su madre «tuvo resultados particularmente desdi¬chados». Ese no es el género de cosas que un sobrino debiera escribirle a su tío..., ni un tentador subalterno al subsecretario de un Departamento. Revela, además, un desagradable afán de eludir responsabilidades; debes aprender a pagar tus propias meteduras de pata.

Lo mejor, cuando es posible, es alejar totalmente al pacien¬te de la intención de rezar en serio. Cuando el paciente, como tu hombre, es un adulto recién reconvertido al partido del Enemigo, la mejor forma de lograrlo consiste en incitarle a recordar o a creer que recuérdalo parecidas a la forma de repetir las cosas de los loros que eran sus plegarias infantiles. Por reacción contra esto, se le puede convencer de que aspire a algo enteramente espontáneo, interior, informal, y no codifi¬cado; y esto supondrá, de hecho, para un principiante, un gran esfuerzo destinado a suscitar en sí mismo un estado de ánimo vagamente devoto, en el que no podrá producirse una verdadera concentración de la voluntad y de la inteligencia. Uno de sus poetas, Coleridge, escribió que él no rezaba «moviendo los labios y arrodillado», sino que, simplemente, «se ponía en situación de amar» y se entregaba a «un sentimiento imploran¬te». Esa es, exactamente, la clase de oraciones que nos conviene, y, como tiene cierto parecido superficial con la oración del silencio que practican los que están muy adelantados en el servicio del Enemigo, podemos engañar durante bastante tiem-po a los pacientes listos y perezosos. Por lo menos, se les puede convencer de que la posición corporal es irrelevante para rezar, ya que olvidan continuamente —y tú debes recordarlo siem¬pre— que son animales y que lo que hagan sus cuerpos influye en sus almas. Es curioso que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas.

Sí esto falla, debes recurrir a una forma más sutil de desviar sus intenciones. Mientras estén pendientes del Enemigo, esta¬mos vencidos, pero hay formas de evitar que se ocupen de El. La más sencilla consiste en desviar su mirada de Él hacia ellos mismos. Haz que se dediquen a contemplar sus propias mentes y que traten de suscitar en ellas, por obra de su propia volun¬tad, sentimientos o sensaciones. Cuando se propongan solicitar caridad del Enemigo, haz que, en vez de eso, empiecen a tratar de suscitar sentimientos caritativos hacia ellos mismos, y que no se den cuenta de que es eso lo que están haciendo. Si se proponen pedir valor, déjales que, en realidad, traten de sentir¬se valerosos. Cuando pretenden rezar para pedir perdón, déja¬les que traten de sentirse perdonados. Enséñales a medir el valor de cada oración por su eficacia para provocar el senti¬miento deseado, y no dejes que lleguen a sospechar hasta qué punto esa clase de éxitos o fracasos depende de que estén sanos o enfermos, frescos o cansados, en ese momento.

Pero, claro está, el Enemigo no permanecerá ocioso entre¬tanto: siempre que alguien reza, existe el peligro de que El actúe inmediatamente, pues se muestra cínicamente indiferente hacia la dignidad de Su posición y la nuestra, en tanto que espíritus puros, y permite, de un modo realmente impúdico, que los animales humanos arrodillados lleguen a conocerse a sí mismos. Pero, incluso si Él vence tu primera tentativa de desviación, todavía contamos con un arma más sutil. Los hu¬manos no parten de una percepción directa del Enemigo como la que nosotros, desdichadamente, no podemos evitar. Nunca han experimentado esa horrible luminosidad, ese brillo abrasa¬dor e hiriente que constituye el fondo de sufrimiento perma¬nente de nuestras vidas. Si contemplas la mente de tu paciente mientras reza, no verás eso; si examinas el objeto al que dirige su atención, descubrirás que se trata de un objeto compuesto y que muchos de sus ingredientes son francamente ridículos: imágenes procedentes de retratos del Enemigo tal como se apareció durante el deshonroso episodio conocido como la Encarnación; otras, más vagas, y puede que notablemente dis¬paratadas y pueriles, asociadas con Sus otras dos Personas; puede haber, incluso, elementos de aquello que el paciente adora (y de las sensaciones físicas que lo acompañan), objeti¬vados y atribuidos al objeto reverenciado. Sé de algún caso en el que aquello que el paciente llama su «Dios» estaba localiza¬do, en realidad..., arriba y a la izquierda, en un rincón del techo de su dormitorio, o en su cabeza, o en un crucifijo colgado de la pared. Pero, cualquiera que sea la naturaleza del objeto compuesto, debes hacer que el paciente siga dirigiendo a éste sus oraciones: a aquello que él ha creado, no a la Persona que le ha creado a él. Puedes animarle, incluso, a darle mucha importancia a la corrección y al perfeccionamiento de su obje¬to compuesto, y a tenerlo presente en su imaginación durante toda la oración, porque si llega a hacer la distinción, si alguna vez dirige sus oraciones conscientemente «no a lo que yo creo que Sois, sino a lo que Sabéis que Sois», nuestra situación será, por el momento, desesperada. Una vez descartados todos sus pensamientos e imágenes, o, si los conserva, conservados reco¬nociendo plenamente su naturaleza puramente subjetiva, cuan¬do el hombre se confía a la Presencia real, externa e invisible que está con él allí, en la habitación, y que no puede conocer como Ella le conoce a él... bueno, entonces puede suceder cualquier cosa. Te será de ayuda, para evitar esta situación esta verdadera desnudez del alma en la oración, el hecho de que los humanos no la desean tanto como suponen: ¡se pueden encontrar con más de lo que pedían! Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Gritarán las piedras: los fundamentos del retiro de la imagen de Nuestra Señora de Luján del salón de Pasos Perdidos

Por Juan Carlos Monedero (h)

Nuestra Señora de Luján

Ruego al lector que por lo menos eche un vistazo diagonal a estas líneas.

El laicismo nos recuerda verdades que la formación catequística pretende hacernos olvidar: “Hubo una vez” en la Argentina algo llamado unión entre la Iglesia y el Estado, es decir, el ideal de la Ciudad Católica, la Cristiandad. “Hubo una vez” un cuerpo social que quería vivir públicamente según las leyes del Divino Salvador. “Hubo una vez” estatutos con fuerza de ley que exigían el respecto irrestricto de Cristo y de su religión. No en la edad media, sino en el siglo XIX, por si algún cronólatra acaba de estornudar.

Pase y lea. Se trata del retiro de la imagen “Nuestra Señora de Luján” del salón de Pasos Perdidos. Quieren reemplazar ese espacio único dedicado a la Virgen por imágenes relativas a la multiplicidad de creencias.

* * * * *

H. Cámara de Diputados de la Nación

PROYECTO DE RESOLUCIÓN

Texto facilitado por los firmantes del proyecto. Debe tenerse en cuenta que solamente podrá ser tenido por auténtico el texto publicado en el respectivo Trámite Parlamentario editado por la Imprenta del Congreso de la Nación.

Nº de Expediente 8492-D-2010

Trámite Parlamentario 184 (01/12/2010)

Sumario SOLICITAR A LA H. CAMARA EL RETIRO DE LA IMAGEN DE "NUESTRA SEÑORA DE LUJAN" DEL SALON DE PASOS PERDIDOS Y HABILITAR UN ESPACIO MULTIRRELIGIOSO AL QUE PUEDAN ACCEDER MIEMBROS DE DISTINTAS NECESIDADES ESPIRITUALES.

Firmantes BASTEIRO SERGIO ARIEL.

Giro a Comisiones PETICIONES PODERES Y REGLAMENTO RELACIONES EXTERIORES Y CULTO.

La Cámara de Diputados de la Nación

RESUELVE:

1.- Disponer el retiro de la imagen de "Nuestra Señora de Luján" que se encuentra entronizada en el Salón de Pasos Perdidos.

2.- Habilitar en el ámbito de la Cámara un espacio reservado de carácter multirreligioso al que puedan acceder sus miembros para satisfacer sus necesidades espirituales.

FUNDAMENTOS

Señor presidente:

Por iniciativa de la entonces diputada nacional Nélida del Carmen Parra y decisión de quien en esa época presidía a esta H. Cámara el 8 de setiembre de 1997 se procedió a la "Solemne Entronización de la Imagen de la Santísima Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján Patrona de la República Argentina" (1) en el Salón de Pasos Perdidos de esta casa que nos alberga.

Al día siguiente una escueta crónica del matutino La Nación daba cuenta de que habían participado de la ceremonia "el presidente de la Cámara de Diputados Alberto César Pierri, el secretario de Culto Ángel Miguel Centeno, el obispo de Mercedes-Luján monseñor Emilio Ogñénovich, el obispo de la Eparquía Armenia monseñor Vartán Waldir Boghossián y el presbítero Espósito de la Catedral de Luján además de otros miembros del cuerpo legislativo".

Agregaba el periódico que durante el acto la diputada Parra había manifestado: "Sé que desde su lugar María pacificará los espíritus, templará las ideas, alejará a los malvados e iluminará a quienes gobiernan nuestra querida Argentina en un eterno mensaje de amor y comprensión. Ella seguramente inspirará a este cuerpo legislativo lo que es mejor para lograr el bien común".

Previamente el entonces titular de la Cámara había escrito: "Al entronizar la imagen de Nuestra Señora de Luján no reconocemos tan solo en ella su carácter de Reina y Madre de los argentinos y de tres repúblicas del Plata (el subrayado es nuestro) sino también su sabiduría maternal que nos ayuda a comprender los porqués de las causas justas a superar los dolores y las adversidades y que nos guía hacia el bien común hacia metas sanas y honestas que por difíciles que nos parezcan habremos de alcanzar".

Recordando que nuestra Constitución Nacional dedica dos artículos -el 14º y el 20º- para garantizar la libertad religiosa, las profundas creencias expresadas por la diputada (mc) Parra y por el ex presidente de esta casa no merecen más que nuestro debido respeto.

Sin embargo lo dicho por una y otro nos remiten a épocas preconstitucionales en las que la relación del Estado con la Iglesia Católica Apostólica Romana se encuadraba en lo que el Dr. Carlos S. Fayt denomina "sistema de unión o armonía perfecta" (2) y en el que hay una profesión de fe católica por parte del Estado que además sujeta su actividad política y legislativa a los principios católicos" (3) .

Al decir preconstitucionales nos referimos a los sucesivos y fallidos ensayos para la organización nacional que se iniciaron con el Estatuto Provisional del 5 de mayo de 1815 que en su segundo capítulo titulado "De la Religión del Estado" establecía:

Artículo 1º: La Religión Católica Apostólica Romana es la Religión del Estado.

Artículo 2º: Todo hombre deberá respetar el culto público y la Religión Santa del Estado.

En la misma línea pero avanzando un poco más el "Reglamento Provisorio para la Dirección y Administración del Estado" dictado en 1817 por el Congreso de Tucumán disponía: "Todo hombre deberá respetar el culto público y la Religión Santa del Estado: la infracción de este artículo será mirada como una violación de las Leyes fundamentales del país”. (el subrayado es nuestro).

El mismo Congreso de Tucumán pero ya trasladado a Buenos Aires aprobó la Constitución de1819. Según ella "La Religión Católica Apostólica Romana es la Religión del Estado. El Gobierno le debe la más eficaz y poderosa protección y los habitantes del territorio todo respeto cualesquiera que sean sus opiniones privadas". A continuación ratificaba que "la infracción del artículo anterior será mirada como una violación de las leyes fundamentales del país".

Finalmente la Constitución de 1826 sostenía que "su religión (la de la Nación Argentina) es la Católica Apostólica Romana, a la que prestará siempre la más eficaz y decidida protección y sus habitantes el mayor respeto sean cuales fueren sus opiniones religiosas".

Estas definiciones previas a la Constitución que nos rige hubiesen dado sustento tanto a lo declamado por la diputada (mc) Parra y el ex presidente Pierri como a la entronización de una imagen católica en un ámbito público estatal como es el Salón de Pasos Perdidos.

Sin embargo la Constitución de 1853 produjo un cambio en el vínculo del Estado con la Iglesiamediante su actual artículo 75 que en su inciso 22 le otorga al Congreso de la Nación la atribución de "aprobar o desechar (...) los concordatos con la Santa Sede".

Desde la vigencia de esta atribución del Congreso de la Nación la relación Estado-Iglesia se inscribe en lo que para Fayt es el "sistema de la colaboración o de concordato" que implica que el Estado negociando en igualdad de condiciones con la Iglesia fija mediante un acuerdo los respectivos campos de actividad.

Esta demarcación de incumbencias convirtió al Estado argentino en un Estado no confesional y fue lo que le permitió sancionar en las décadas inmediatas a la sanción de la Constitución de 1853 las denominadas "leyes laicas" -entre ellas la de Educación Común la de Matrimonio Civil y la de creación del Registro Civil- todas destinadas a transferir a la órbita estatal funciones que hasta entonces estaban bajo tutela eclesial.

Esta Cámara de Diputados como tales parte del Estado no confesional. Por cierto ello no implica desconocer el derecho de sus integrantes a profesar libremente su culto pero el ejercicio irrestricto de ese derecho no los habilita a instalar en un ámbito público y plural como es el Salón de Pasos Perdidos símbolos propios de una determinada religión que por su sola presenciapueden alterar el espíritu de quienes no comulgan con ella. Y mucho menos a pretender que el objeto de su devoción sea el que inspire "a este cuerpo legislativo lo que es mejor para lograr el bien común" o el que ayude a sus miembros "a comprender los porqués de las causas justas".

Al respecto es bueno recordar que vivimos en una sociedad que registra una creciente diversidad de adscripciones en términos culturales, políticos, ideológicos y religiosos entre otros. Bajo estas circunstancias el Estado tiene un doble desafío. Por un lado garantizarnos la libertad para vivir en consonancia con nuestras convicciones. Por otro asegurarnos la pacífica y cordial convivencia en el marco de nuestras divergentes miradas. En el tema que nos ocupa la casa que nos alberga como diputados y diputadas de la Nación debe constituirse en un ámbito imparcial ante el universo de confesiones, único modo de respetar a todas por igual, garantizar igualdad de trato a quienes las profesan y no interferir en las convicciones de aquellos que no adscriben a ninguna de ellas.

Al proponer el retiro de la imagen de la Santísima Virgen María entronizada en el Salón de Pasos Perdidos no desconocemos que muchos/as de nuestros/as colegas que son sus devotossentirán que pretendemos privarlos de la ayuda espiritual que ella les brindaría.

Lejos está ello de nuestra intención. Entendemos que en esta casa se desempeñan fieles de las más diversas confesiones que en ocasiones necesitan de un ámbito apto para reflexionar a la luz de sus creencias. Es por ello que proponemos la habilitación en este edificio de un espacio reservado y de carácter multirreligioso al que puedan acceder todos aquellos que necesiten vincularse con sus respectivas deidades.

Convencidos de que nuestras propuestas apuntan a garantizar la igualdad de oportunidadespara el ejercicio de la libertad religiosa que reconoce la Constitución Nacional solicitamos la aprobación del presente proyecto.

(1) Así se titulaba el tríptico con membrete de la H. Cámara que fue distribuido previamente para publicitar el acto.

(2) Derecho Político. Depalma, Bs. As., 1985, Tomo I6ª edición inalteradap. 345/346

(3) Carlos Lombardi. "Símbolos católicos en dependencias del Estado. Aportes para el debate". Buscar en la Web.


FUENTE: http://santaiglesiamilitante.blogspot.com

Cuántos protestones hay en la Iglesia católica

Decía Georges Bernanos hablando de la Iglesia que de ella lo había obtenido todo, y que nada podía llegarle si no era a través de ella, y con ello definía algo que es el común sentir de todo católico de bien, que no es otro que saberse hijo de la Iglesia e ir a donde ella le lleve.

La Iglesia, como toda familia, tiene gente de todo tipo dentro, y como buenamadre que es, se esfuerza por preservar la unidad de sus hijos, haciendo a veces gala de una paciencia infinita en su papel de también ser maestra, enseñando y corrigiendo como fiel guardadora que es del depositum fidei.

Cualquiera que viva una eclesiología sana y bien fundada sabe el papel de autoridad y guía que la Iglesia tiene- a través de sus legítimos pastores- en el desempeño de su perenne misión entre los hombres y en todo lo concerniente a la fe.

Eso sí, basta caminar un tiempo en la Iglesia para darse cuenta de que una cosa es el oficio y otra la persona, por lo que encontrarse con gente que es una auténtica prueba es el pan nuestro de cada día, y a nadie debe escandalizar eso si se tiene el suficiente sentido común para entender la pasta de la que está hecha nuestra débil humanidad.

Por eso mismo me sorprenden las ganas de quejarse de todo que a veces se respiran en la Iglesia, pues aunque no seamos protestantes en el sentido de romper con Roma, muchas veces nos quedamos dentro siendo unos auténticos protestones más papistas que el papa.

Ya sea por exceso o por defecto, por consevadurismo o por progresismo eclesial, a veces uno se pregunta dónde queda la visión sobrenatural de saber que Dios ya lo sabía todo cuando decidió establecer la Iglesia, y que cuenta con nuestra humanidad como parte de ella, y que a fin de cuentas es su Espíritu Santo quien la gobierna, por más que los hombres nos empeñemos en no hacerle ni caso y no escuchar su voz.

Pensando en todo esto me acordaba de la parábola del hijo pródigo, en la que quien parecía el hijo obediente resultaba ser el más distante del padre, por más que se hubiera quedado en la casa a diferencia del hermano de vida disoluta.

En el fondo era un protestón, que cumplía la voluntad de su padre, pero sin amar a su padre, demostrándonos que en esto de vivir en cristiano, todos corremos el peligro de creernos justificados a la primera de cambio, olvidándonos de lo traicionera que es la soberbia de vida que nos lleva a creernos que sabemos más que nuestro padre.

Al menos a mí me pasa constantemente, y a Dios le pido un corazón distinto, que por un día deje de protestar por todo y de querer que se hagan las cosas a su manera, porque al final lo que más descansa es hacer las cosas a la manera de Dios...

FUENTE: http://www.religionenlibertad.com


miércoles, 23 de febrero de 2011

CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO (Lewis) III

III

Mi querido Orugario:

Me complace mucho todo lo que me cuentas acerca de las relaciones de este hombre con su madre. Pero has de aprove¬char tu ventaja. El Enemigo debe estar trabajando desde el centro hacia el exterior, haciendo cada vez mayor la parte de la conducta del paciente que se rige por sus nuevos criterios cristianos, y puede llegar a su comportamiento para con su madre en cualquier momento. Tienes que adelantártele. Man¬tente en estrecho contacto con nuestro colega Gluboso, que se ocupa de la madre, y construid entre los dos, en esa casa, una costumbre sólidamente establecida y consistente en que se fastidien mutuamente, pinchándose todos los días. Para ello, los siguientes métodos son de utilidad:

1. Manten su atención centrada en la vida interior. Cree que su conversión es algo que está dentro de él, y su atención está, por tanto, volcada, de momento, sobre todo hacia sus propios estados de ánimo, o, más bien, a esa versión edulcorada de dichos estados que es cuanto debes permitirle ver. Fomenta esta actitud; mantén su pensamiento lejos de las obligaciones más elementales, dirigiéndolo hacia las más elevadas y espiri¬tuales; acentúa la más sutil de las características humanas, el horror a lo obvio y su tendencia a descuidarlo: debes conducirle a un estado en el que pueda practicar el autoanálisis durante una hora, sin descubrir ninguno de aquellos rasgos suyos que son evidentes para cualquiera que haya vivido alguna vez en la misma casa, o haya trabajado en la misma oficina.

2. Por supuesto, es imposible impedir que rece por su madre, pero disponemos de medios para hacer inocuas estas oraciones: asegúrate de que sean siempre muy «espirituales», de que siempre se preocupe por el estado de su alma y nunca por su reuma. De ahí se derivarán dos ventajas. En primer lugar, su atención se mantendrá fija en lo que él considera pecados de su madre, lo cual, con un poco de ayuda por tu parte, puede conseguirse que haga referencia a cualquier acto de su madre que a tu paciente le resulte inconveniente o irritante. De este modo, puedes seguir restregando las heridas del día, para que escuezan más, incluso cuando está postrado de rodillas; la operación no es nada difícil, y te resultará muy divertida. En segundo lugar, ya que sus ideas acerca del alma de su madre han de ser muy rudimentarias, y con frecuencia equivocadas, rezará, en cierto sentido, por una persona imaginaria, y tu misión consistirá en hacer que esa persona imaginaria se parez¬ca cada día menos a la madre real, a la señora de lengua puntiaguda con quien desayuna. Con el tiempo, puedes hacer la separación tan grande que ningún pensamiento o sentimien¬to de sus oraciones por la madre imaginaria podrá influir en su tratamiento de la auténtica. He tenido pacientes tan bien con¬trolados que, en un instante, podía hacerles pasar de pedir apasionadamente por el «alma» de su esposa o de su hijo a pegar o insultar a la esposa o al hijo de verdad, sin el menor escrúpulo.

3. Es frecuente que, cuando dos seres humanos han convi¬vido durante muchos años, cada uno tenga tonos de voz o gestos que al otro le resulten insufriblemente irritantes. Explo¬ta eso: haz que tu paciente sea muy consciente de esa forma particular de levantar las cejas que tiene su madre, que apren¬dió a detestar desde la infancia, y déjale que piense lo mucho que le desagrada. Déjale suponer que ella sabe lo molesto que resulta ese gesto, y que lo hace para fastidiarle. Si sabes hacer tu trabajo, no se percatará de la inmensa inverosimilitud de tal suposición. Por supuesto, nunca le dejes sospechar que tam¬bién él tiene tonos de voz y miradas que molestan a su madre de forma semejante. Como no puede verse, ni oírse, esto se consigue con facilidad.

4. En la vida civilizada, el odio familiar suele expresarse diciendo cosas que, sobre el papel, parecen totalmente inofen¬sivas (las palabras no son ofensivas), pero en un tono de voz o en un momento en que resultan poco menos que una bofetada. Para mantener vivo este juego, tú y Gluboso debéis cuidaros de que cada uno de ellos tenga algo así como un doble patrón de conducta. Tu paciente debe exigir que todo cuanto dice se tome en sentido literal, y que se juzgue simplemente por las palabras exactas, al mismo tiempo que juzga cuanto dice su madre tras la más minuciosa e hipersensible interpretación del tono, del contexto y de la intención que él sospecha. Y a ella hay que animarla a que haga lo mismo con él. De este modo, ambos pueden salir convencidos, o casi, después de cada discu¬sión, de que son totalmente inocentes. Ya sabes cómo son estas cosas: «Lo único que hago es preguntarle a qué hora estará lista la cena, y se pone hecha una fiera.» Una vez que este hábito esté bien arraigado en la casa, tendrás la deliciosa situación de un ser humano que dice ciertas cosas con el expreso propósito de ofender, y, sin embargo, se queja de que se ofendan.

Para terminar, cuéntame algo acerca de la actitud religiosa de la vieja señora. ¿Tiene celos, o algo parecido, de este nuevo ingrediente de la vida de su hijo? ¿Se siente quizá «picada» de que haya aprendido de otros, y tan tarde, lo que ella considera que le dio buena ocasión de aprender de niño? ¿Piensa que está «haciendo una montaña» de ello, o, por el contrario, que se lo toma demasiado a la ligera? Acuérdate del hermano mayor de la historia del Enemigo.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

OTRA VERSIÓN SOBRE EL MENSAJE DE LA SALETTE

UN REGALO PARA NUESTROS AMIGOS SEDEVACANTISTAS Y SU "EVANGELIO DE LA SALETTE":


"Nota aclaratoria: Para prevenir cualquier malentendido - dejenme decir que estoy de acuerdo con la decisión del Obispo de Grenoble relativa a la aparición de la Bienaventurada Virgen María en La Salette en 1846, en el sentido de que la misma es "digna de ser creída". La intención de estos artículos es la de demostrar que a) el "mensaje" y/o b) "el secreto" de La Salette NO cuentan con la aprobación de tal Obispo o de la Iglesia. El falso mensaje o secreto sugiere que la BVM profetiza que "Roma perderá la Fé...etc.". Este rumor es una corrupción datada de 1879 del original y legítimo mensaje registrado en 1851. Este falso "mensaje" y/o "secreto" de 1879 ha sido absolutamente condenado por la Iglesia. La condena oficial culminó con la puesta en el Index de los Libros Prohibidos del falso mensaje de La Salette y esto a pesar del discutido Imprimatur de 1879 supuestamente otorgado por el Obispo de Lecce - F. John Loughnan"


Una premisa discutible:

“Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo”

Desafortunadamente, vemos aquí un ejemplo de “ciegos” guiando a otros “ciegos”.

Consideremos lo que sigue:

La frase mencionada más arriba es unánimemente aceptada y promovida por mucha gente confundida -casi como si se tratara de un “dogma de Fe” el hecho de que la Virgen María dirigió esas palabras a Melanie Calvat y a Maximin Giraud en La Salette-

¿Fueron palabras de la Virgen o fueron meras repeticiones por parte de una inocente Melanie de las ideas apocalípticas de cierta gente convencida pero fanática y confundida que lograron convencerla? (téngase en cuenta que Martín Lutero se inclinaba por llamar Anticristo al Papa). Es importante tener en cuenta que Melanie nunca mencionó esta frase cuando comunicó por primera vez el mensaje en 1851. Esta frase comenzó a ser atribuída a ella solo después de 1878 , mucho tiempo después que el evento ocurrió y que el mensaje original se transcribió.


La verdad acerca del Secreto de La Salette

“…el verdadero Secreto de La Salette nunca fue hecho público. Muchos católicos continúan siendo inducidos en error por el falso y no aprobado “secreto” escrito por una resentida Melanie Calvat en 1879, una distorsionada versión de la que escribió originalmente en 1851. Otros, a pesar de su buena predisposición, no pudieron otorgarle credibilidad , providencialmente al parecer."

http://freespace.virgin.net/crc.english/salette4.htm#apocalypse


La versión falsa del Secreto de Nuestra Señora

Este secreto, ya varias veces impreso, distribuído, comentado y recomendado por diversos autores, tanto eclesiásticos como laicos, es el que M. Mariavi ha creído conveniente dar al público, presentándolo como "El Evangelio de la Virgen María ', ¡para acompañar y complementar el Evangelio de Jesucristo!

"A fin de responder a su pregunta Monseñor, acabo de leer los dos folletos sobre los que usted desea saber mi opinión. Es absolutamente desfavorable. Los autores de las publicaciones anteriores, relacionados con este secreto, fueron condenados, si no a causa del secreto en sí, al menos por el alcance y las consecuencias que le otorgaron. Un destino similar espera a la presente publicación.

"I. - Parece, de hecho, que no tenemos aquí el secreto entregado por el obispo de Grenoble enviado a SS el Papa Pío IX en 1851. En su forma actual, fue escrito por Melanie Calvat, pero en varias ocasiones y en sucesivos fragmentos, y parece más bien ser el resultado de una composición personal que una repetición exacta del texto original dado a Pío IX, y del cual se dice que no se encuentra ya en el Vaticano.

"II. - En su forma actual, este secreto no tiene un valor distinto al de una manifestación personal de Melanie Calvat la que cuenta con el apoyo de la firma de dos obispos de Nápoles. Melanie parece haber sido sinceramente piadosa, pero pudo haber sido engañada, y parece que su "misión", en lugar de proseguirse a nuestro tiempo, terminó con el reconocimiento de la realidad de la Aparición por la Iglesia .

"III. - Lo que es seguro, de acuerdo con un autor bien informado, es que las primeras versiones del secreto eran menos desarrolladas que las últimos, es probable, por tanto, que bajo la influencia del entorno en el que su vida terminó, Melanie haya ampliado lo que había escrito originalmente y enviado al Papa; por cierto, no tenemos aquí una copia oficial del secreto que ella entregó a Pío IX. Sólo la Sagrada Congregación del Santo Oficio podría, con el consentimiento del Papa, buscar el original y así determinar, cotejando con el contenido original, la verdadera autoridad.

"IV. - El tenor de este secreto, como se lee hoy, es tan extraño, de tal manera confuso, con especial alusión a la política, favorece de manera muy precisa, los errores de los antiguos milenaristas - en el sentido de que anuncia una renovación que ha de realizarse en el tiempo y en la tierra, a diferencia de la enseñanza de la verdadera religión en general acerca de la resurrección en el fin del mundo, y acerca de la eterna felicidad de los elegidos - que necesariamente uno duda en atribuir un origen celestial. Por último, y más especialmente, el comentarista se ha tomado tal libertad en evaluar y juzgar a la jerarquía católica, en todos sus grados, que uno se pregunta en qué se basa para justificar la gravedad de sus palabras, las cuales no quedarían fuera de lugar en las páginas de un periódico que fuera el más hostil a la fe cristiana. Uno se pregunta cómo se puede conjugar la piedad que profesa con la dureza que muestra hacia las personas dignas de todos los respetos.

"Lo que agrava la temeridad de estas sentencias es que son dadas, en varias ocasiones, en una forma que es a la vez burlona e insultante, lo que es desmentido por el carácter y la dignidad de las personas que el autor considera oportuno denunciar.

"El santo Papa Pío IX, venerables cardenales tales como Monseñor Perraud, Mons. Lugon y Mons. Sevin, obispos como Monseñor Maurin de Grenoble, y todos sus predecesores hasta Mons. Ginoulhiac, de renombrada memoria: todos están incluidos en los hirientes reproches, que el comentarista se atreve a atribuir, en primer lugar, a la Santísima Virgen!

"Y todo esto está escrito y publicado, distribuido y ofrecido para aquellos que quisieran encontrar en estas páginas el alimento para su curiosidad. ¿Se aprenden la caridad y el amor al aprender a despreciar a la autoridad legítima del sacerdocio? Porque lo notable en este cristiano, en este católico, es que parece disfrutar de una especie de alegría al golpear a los líderes de la Iglesia santa, de los cuales él se burla al llamarlos «nuestros príncipes'

"Por lo tanto no se sorprenda, Monseñor, si condeno estos dos folletos de autoría del Dr. Mariavi, si reprocho su espíritu y su carácter, y si yo le aconsejo a los fieles a que no los lean

"Con mi afectuoso respeto,

A., cardenal de Cabrihres

Obispo de Montpellier.

(Le Hidec, Les secretos de La Salette, p. 164-167)


Ahora la traducción de un percutante análisis por parte del autor James Foster:

Textos de los falsos Secretos

En las décadas siguientes a la aparición se publicaron una serie de versiones de los secretos, incluyendo la versión publicada en Italia en 1879 por Melanie Calvat misma. Este texto, que fue tan largo que tuvo que ser publicado como un folleto, lo fue en un tono muy apocalíptico e incluía predicciones para el mundo y una incisiva crítica del clero. Incluía la dramática denuncia "Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo". Fue utilizado por anticlericales y por la masonería para atacar a la Iglesia. Todavía se utiliza hoy por los "tradicionalistas" [nota del blogger: digamos de los inclinados al sedevacantismo] que se encuentran actualmente en cisma con Roma. La iglesia jamás ha aceptado estas versiones del secreto como auténticos. Después de la publicación de su inclusión en el Índice de libros prohibidos y la advertencia en privado a Melanie por su comportamiento.

En este punto es necesario mencionar las dos maneras de ver a Melanie que surgieron posteriormente. Sus devotos, entre ellos un número de miembros del clero a quienes ella atrajo a su causa en el momento, la vieron como alguien que fue completamente fiel a su misión, una misión que, a su juicio continuó después de los acontecimientos de septiembre de 1846. Se convirtió en una gran mística y visionaria que sufriera grandes frustraciones de manos de las autoridades de la Iglesia. Esta era su peculiar cruz y vocación. Todas sus supuestas revelaciones deben ser creídas, incluido el secreto de 1879. La otra manera es la de considerar que cuando Melanie publicó el llamado Secreto de La Salette, después de haber fracasado en su vocación de carmelita y haber sido dispensada de sus votos por el Santo Padre, ella se había convertido en una pseudo-mística, obsesionada con la literatura apocalíptica y resentida con las autoridades de la Iglesia que se habían negado a adherirse a sus exigencias irrazonables. El secreto no era un fiel reflejo de lo que la Virgen le dijo, sino una expresión de sus propias ideas y sentimientos. El obispo de Grenoble, que sufriera sucesivos tropiezos al intentar defender a Melanie, la encuentra “empecinada” y desafiante de la autoridad. Con gran visión, en 1851 declaró públicamente que la misión de los niños pastores había terminado y que el asunto se encontraba ya en manos de la Iglesia. Lo hizo para poner fin a las pretensiones de Melanie de tener más y continuas revelaciones. Se ha dicho que Melanie producía en quienes tenían que lidiar con ella más lástima que enojo. No me propongo tratar de resolver la cuestión de cuál de estos personajes representa la "verdadera Melanie", pero la falsedad de la versión 1879 es evidente, por diversas razones, incluyendo

- Su longitud que llenaba varias páginas de un folleto. El verdadero secreto llenaba apenas tres carillas.

- Se hace referencia a sucesos concretos, de los cuales se dice que van a ocurrir en el siglo XIX, pero que en realidad nunca se produjeron. Por ejemplo, el anticristo, no aparece "en torno a 1865" ¿o simplemente no lo hemos reconocido? Ni ha mandado ejércitos en las guerras que se lucharon en los años 1880 (Nótese como la frase acerca de Roma convirtiéndose en la sede del anticristo se elimina de este contexto por aquellos que lo utilizan para justificar los ataques a la actual Ciudad del Vaticano).

- La publicación en 2002 del secreto que Melanie escribió al Papa en 1851 nos permite hacer una comparación con la versión de 1879 y rápidamente se hace evidente que hay poca semejanza entre los dos. El verdadero secreto es muy similar al mensaje de Fátima visto en su totalidad. No está escrito abiertamente en tono apocalíptico y condenatorio, carece de la crítica del clero y religiosos que se encuentran en la versión de Melanie de 1879. La frase "Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo" no está presente. Al igual que Fátima es un mensaje de esperanza, especialmente en relación con el secreto de Maximin.

Las versiones de los supuestos secretos encontradas en 2002 se encuentran aquí:

http://www.sspxasia.com/Newsletters/2003/Jul-Dec/Secret_of_La_Salette.htm



FUENTE:http://lahondadedavid.blogspot.com

¿Benedicto XVI vs. Juan Pablo II? La escatología cristiana en formato periodístico


Lejos estaría el Papa Benedicto de suponer que una de sus respuestas espontáneas, en estilo coloquial, a las diez preguntas formuladas en el curso de su encuentro anual con los párrocos de Roma al inicio de la cuaresma, y que duró en total una hora y cuarenta minutos, despertaría un torbellino mediático de repercusión internacional. La ocasión la brindó la pregunta de un sacerdote relativa a realidades poco predicadas, como son el juicio final, el infierno y el paraíso. El Papa en su respuesta aprovechó para hablar de las realidades últimas del hombre: muerte, juicio, purgatorio, infierno o gloria. Las palabras exactas han sido reproducidas por Sandro Magister, periodista de L’Espresso, y luego divulgadas por la agencia informativa Zenit en su boletín del 11 de febrero.

Para quien busca entender la mentalidad del periodismo entendido como venta oportunista de noticias, con alto voltaje emocional, éste es un caso privilegiado. ¿Por qué tanto revuelo?

La chispa logró encenderla el comentarista del diario La Repubblica, según el cual el Papa en su respuesta entraba en contradicción con la doctrina de su antecesor, quien en una de las catequesis del año 1999 dedicadas a las “postrimerías”, al hablar del infierno, el miércoles 21 de julio de ese año, lo presentó más como un “estado” que como “lugar” donde el hombre es sometido a tormentos exteriores de todo tipo. Como suele ocurrir, ni la catequesis del Papa Juan Pablo, ni la respuesta ocasional de Benedicto XVI eran citadas en su contexto ni en su integridad.

La aludida catequesis de Juan Pablo II citaba el nº 1033 del Catecismo de la Iglesia Católica (¿y no era acaso el mismísimo cardenal Ratzinger quien presidía su redacción?) donde leemos: “Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados, es lo que se designa con la palabra «infierno» ”. Hablaba de la posibilidad real de incurrir en ese estado, de la eternidad del mismo, y en conformidad con la doctrina del IV concilio de Letrán, afirmaba que en esa situación se encuentran las criaturas espirituales llamadas demonios, que se cerraron al amor de Dios. El mismo Papa aclaraba que, si bien la condenación eterna sigue siendo una posibilidad real, no obstante “no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella”.

De esta doctrina se hizo luego una lectura muy sesgada y se la divulgó en forma tergiversada. Se la presentó como novedad absoluta, se retuvo la negación de que el infierno sea un lugar, sino un estado de lejanía respecto de Dios, y de allí la interpretación reductora de que sería una metáfora o un espacio vacío, una hipótesis irreal, conclusión ésta que en nada respetaba el pensamiento del papa polaco.

El año pasado, en marzo de 2007, se había desatado un revuelo parecido al de este mes de febrero del presente año, a partir de otra intervención ocasional de Benedicto XVI sobre el infierno, donde con sobriedad y agudeza reitera la doctrina tradicional de la Iglesia, en una homilía pronunciada en una parroquia romana de la periferia, comentando el evangelio. En ese momento muchos periódicos publicaron frases como éstas del diario español El País: “El papa Benedicto XVI resucita el infierno. Contra lo dicho por Juan Pablo II en 1999, Ratzinger sostiene que «el infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno» ” (23 de abril de 2007). En ese mismo diario, el mismo día, otro título volvía a la carga, ahora con sarcasmo: “El papa Benedicto entierra el limbo y resucita el infierno”. Ya puede el simple lector comprobar por cuales carriles de objetividad científica circulan las noticias.

Con ocasión del encuentro con el clero romano de este año, los “especialistas” en cuestiones religiosas de numerosos diarios en todo el mundo, los llamados “vaticanistas”, con honrosas excepciones según los medios, a partir del comentario aparecido en La Repubblica iniciaron la onda expansiva repitiendo hasta la saciedad lo que parecía una verdad de evidencia inmediata, a saber, que el Papa Benedicto se había opuesto a la doctrina de su antecesor sobre el mismo tema. La noticia tenía sus variaciones, según la cantidad de condimentos y aderezos. Algunos títulos manifestaban abierta hostilidad (e ignorancia) previa, como es el caso de un diario argentino de gran tiraje que el 8 de febrero repetía en su título los lugares comunes de los más agresivos diarios europeos: “Benedicto XVI: El infierno sí existe … Así volvió a contradecir a su antecesor Juan Pablo II, quien había afirmado que el infierno como lugar no existía, y que sólo es «la situación de quien se aparta de Dios» ”.

¿Qué es lo que dijo exactamente Benedicto XVI en ese encuentro? Conviene leer: “He intentado decir: quizás no sean tantos los que se han destruido de este modo y que son insanables para siempre, quienes no tienen más algún elemento sobre el que pueda apoyarse el amor de Dios, ya que no tienen más en sí mismos un mínimo de capacidad para amar. Esto sería el infierno”.

¿Qué resulta entonces de la lectura directa de las fuentes en comparación con el envase mediático en que se ha vendido la noticia? Se imponen por sí mismas las siguientes conclusiones. Ambos papas admiten la fe sobre la existencia y eternidad del infierno. Uno y otro afirman que en él se encuentran los demonios. Ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI se refieren al mismo como un lugar geográfico. Ambos pontífices hablan del infierno como de una posibilidad real para el hombre; no se trata pues de una metáfora o hipótesis irreal.

¿Difieren doctrinalmente en algún punto sobre este tema? El Papa Wojtyla, después de hablar de la posibilidad real de la condenación eterna, afirmaba que no obstante “no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella”. ¿Contradice el Papa Ratzinger esta afirmación? Vayamos a sus palabras: “He intentado decir: quizás no sean tantos los que se han destruido de este modo y que son insanables para siempre”. A través de este “quizás” ¿no se está manteniendo el Papa en la equidistancia entre un infierno superpoblado y un infierno que con certeza y por principioestaría vacío de seres humanos? ¿No es una manera distinta de afirmar lo mismo, a saber, la posibilidad real de la condenación eterna? Y al mismo tiempo ¿no equivale a renunciar a saber “si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en la condenación eterna”?

Pero vayamos ahora a otra pregunta: ¿puedo yo hablar de motores y mecánica automotriz por el simple hecho de manejar un automóvil? Para mis amigos y conocidos éste sería un buen chiste para distenderse en medio de sus tensiones y fatigas. ¿Qué podría esperar de ellos si me ocupara de estos temas? Mis amigos de gustos clásicos me recordarían una anécdota de Apeles, el máximo pintor griego, cuando quisieron corregirle la plana: “zapatero, a tus zapatos”. Mis amigos más amantes de la poesía gauchesca, me citarían al mayor de sus cultores: “¿qué sabe el chancho ‘e volar, si nunca fue golondrina?” ¿Puede alguien hablar de avances científicos en medicina sin ser médico? Aunque el intento es muy riesgoso y desaconsejable, quizás sería posible si procedo con inmenso respeto y cautela con los términos que uso en relación a lo que ignoro, y me hago asesorar previamente con personas de probada competencia.

Con el título de esta nota he querido imitar deliberadamente el estilo mediático. Es sabido que el pobre periodista que desde sus primeras palabras no logra atraer la atención del público al que se dirige, queda descalificado como tal. Captar la atención, sensibilizar ideas mediante imágenes y vocabulario de impacto emocional, construir o destruir la imagen pública de una figura prestigiosa, parece ser parte esencial del quehacer cotidiano de los comunicadores, sea en el periodismo escrito, radial o televisivo.

No todo es malo en esta lógica. Es muy importante saber presentar, atraer la atención, oponer palabras y crear frases de fácil memorización. Pero ¿qué pasa si hacemos de esto el valor único o supremo del periodismo? Es sencillo, en tal caso no me interesa la comunicación de la verdad, entendida como coincidencia entre la realidad y el juicio que hago sobre ella, sino “vender” una noticia “construida” en función de mis ideas o prejuicios; no deseo ante todo ser objetivo, poniendo al lector u oyente en contacto con la realidad, sino despertar adhesión o rechazo, golpear o engrandecer a alguien. Quien lee, escucha o mira, sin entrenamiento crítico, se comportará entonces con la mentalidad de un hincha de fútbol: ante determinados colores o palabras arderá en entusiasmo o se plegará a la silbatina. Hay comidas cuya baja calidad o insipidez se busca ocultar o “mejorar” con abundante condimento. El aderezo pasa a ocupar el lugar de la sustancia, de lo contrario la comida “no pasa” ni tampoco “se vende”.

Yo recomendaría a nuestros “vaticanistas” que no se improvisen como teólogos. Corren el riesgo de ser “todólogos”, y así la objetividad de lo que presentan va por los pisos. Claro ¡total, la mayoría de los lectores no tiene posibilidad de verificar las afirmaciones, y suele tomar lo escrito en un periódico como palabra sagrada e irrefutable!

Concluyamos, no obstante, con una nota de esperanza, citando a Santa Teresa de Jesús: “En fin, la verdad padece más no perece, y así espero aun lo habrá de declarar más el Señor”.

+ ANTONIO MARINO

Obispo auxiliar de La Plata

FUENTE: http://www.arzolap.org.ar